jueves, 11 de octubre de 2012

Huerto de sangre


Hugo está de pie, pegado a la pizarra, con sus ojos grises clavados en mí. La profesora le da la bienvenida y le hace un gesto con la mano para que tome asiento en uno de los pupitres vacíos de la tercera fila. Cuando llega a su mesa, se saluda con sus amigos chocándose los puños y, a continuación, se deja caer enérgico sobre la silla; su flequillo negro vuela hacia delante por la inercia, tapándole los ojos, pero él se lo aparta de un fuerte soplido.

Desde la guardería, Hugo ha sido mi mayor pesadilla, nunca ha parado de atormentarme. Cuando estábamos en segundo le dio por hacer jirones mis libros y cuadernos. Al año siguiente, su afición favorita era cogerme los bolígrafos del estuche, romperlos y luego sacudirlos con fuerza hacia mí, hasta que la tinta salía despedida y manchaba toda mi ropa. Pero lo peor fue aquel fin de semana que nos fuimos todos los de cuarto a la granja escuela que hay en la sierra. La primera noche, aprovechando que estaba dormido, me vertió pegamento en el pelo y dejó caer todas las plumas de su almohada rota sobre mi cabeza. Mi madre tuvo que venir a buscarme a la mañana siguiente y llevarme a su peluquero para que salvara mis “preciosos rizos dorados”, como se lamentaba ella. Frank no pudo hacer nada, así que tuvo que raparme al cero.

–¡Gonzalo!
Martina me da un buen codazo en las costillas y me saca de mis pensamientos. Tiene el ceño fruncido y los ojos entrecerrados, imagino que por la preocupación. Me fascina el color negro intenso de sus ojos, es imposible distinguir el iris de la pupila. Martina es mi compañera de pupitre, mi vecina, mi mejor amiga y la chica más bonita de todo el colegio. Su familia es dominicana, pero ella nació en España, por eso, a diferencia de sus padres, no tiene acento latino.
–¡Gonzalo, Hugo ha vuelto! –me dice con un gritito casi inaudible.

Hace dos años, poco antes de acabar el curso, Hugo arrinconó a Martina en una esquina del patio cubierto durante el recreo de la mañana. Como hacía calor, casi todos los alumnos estaban fuera jugando al fútbol o saltando a la comba. Ella estaba con la espalda pegada contra la pared y él tenía los brazos extendidos a cada lado de su cabeza. Yo lo observaba todo desde detrás de una de las columnas, pero no estaba lo bastante cerca cómo para escuchar lo que decía. Estaba muy asustado y rezaba para que la dejara en paz sin tener que entrometerme. Jamás me había enfrentado al “virguero”, así es como lo llamaban sus amigos, y estaba seguro de que si me interponía me ganaría una buena paliza. Entonces, vi cómo Hugo, con los ojos cerrados, se acercaba a Martina para intentar besarla. Ella giró rápido la cabeza y los labios de él se encontraron con su mejilla. Debió hacerle bastante gracia ese juego, porque lo siguió intentado hasta que aparecí yo a sus espaldas. Se giró para mirarme un instante y Martina, que quedó liberada, salió corriendo hacia el patio exterior en busca de la maestra. Yo le amenazaba con la punta afilada de mi compás; aún recuerdo cuánto me temblaba la mano por culpa de los nervios. Poco a poco, retrocedí sobre mis pasos, sin dejar de apuntarle, y justo cuando quise darme la vuelta para salir corriendo, se me echó encima de un salto y me arrebató lo único que tenía para defenderme. Al segundo sentí un pinchazo agudo y caí al suelo dolorido. Había recuperado el compás, solo que esta vez lo tenía clavado en la pierna. Echaron a Hugo del colegio durante un curso, por eso, el año pasado, mientras el “virguero” estudiaba en el internado de la capital, todos respiramos tranquilos. Pero ya ha vuelto y yo fui el responsable de que lo echaran.

El timbre estridente que anuncia el fin de las clases se escucha a través de megafonía y me hace volver al presente. Martina y yo metemos los libros a empujones en las mochilas y andamos a paso ligero hacia la entrada. Nos abrimos paso entre los demás compañeros que parecen caminar a contracorriente  y conseguimos salir del colegio ilesos, pero, justo cuando doblamos la esquina para seguir por la calle que nos lleva a casa, siento unas manos que me presionan el pecho y me hacen caer de espaldas. Hugo debe de haber saltado por la ventana de nuestra clase, que está al nivel de la calle. Detrás de unos árboles aparece el resto de su pandilla: cuatro chavales que estudian con nosotros, pero que han repetido un par de veces. Aunque yo soy alto para mi edad, tres de ellos me sacan unos pocos centímetros.
–¿Qué quieres, Hugo? ¡Déjale en paz! –le grita Martina.
–¡Quiero que te vayas a casa! Gonzalito se viene con nosotros.
–¡Que le dejes en paz o se lo diré a la profesora!
Ernesto, el más bajito de ellos cuatro, abre la cremallera de la mochila que tiene colgada del hombro y los ojos saltones de Minie se asoman asustados. Ayer, después de clase, Martina y yo estuvimos buscando por todo el pueblo a su perrita chihuahua. Pensamos que se habría escapado por la ventana abierta de la cocina.
–¡Habéis secuestrado a Minie!
–Sí, y como le digas algo a la profesora, te la devolveremos disecada en una caja de zapatos.
Martina odia llorar, pero rompe a sollozos al escuchar los gemidos que provienen de la mochila. Mira hacia el suelo, donde aún estoy yo tirado, apoyado sobre mis codos, y se tapa la cara con las manos para ocultar las lágrimas.
–Venga, levantadlo ya del suelo –ordena Hugo–. Esta noche dormirás en el huerto de sangre –poco a poco, nos alejamos de Martina. Hugo camina por delante y yo voy custodiado a ambos lados por sus secuaces, que me tienen cogido por los brazos para que no pueda salir corriendo.

Dice la leyenda del pueblo que, muchos años antes de que yo naciera, una chica llamada Verónica desapareció a la salida del colegio. La policía y sus padres la buscaron sin éxito durante días. Pasó más de una semana hasta que dieron con ella. En lo alto de la colina, tras el caserón abandonado, encontraron su cuerpo descuartizado bajo la tierra. Lo que días antes había sido una extensión de terreno árido, pasó a convertirse en un campo desolador embarrado de sangre. Junto a la cabeza, desenterraron una vela usada y la carta del Tarot que representa la muerte, dentro de la boca encontraron un amuleto del tamaño de una moneda con forma de pentagrama invertido rodeado por un círculo. Buscaron huellas incriminatorias sobre los pocos trozos de piel que aún estaban intactos y en cada una de las pruebas, pero jamás se descubrió quién fue el asesino. Limpiaron la escena del crimen una y otra vez, removiendo la tierra, incluso trajeron arena nueva de otra parte del cerro, pero la sangre, como si brotara del mismo suelo, siempre volvía a encharcarlo todo. Aquel lugar estaba maldito, ni los perros callejeros se acercaban a la casa de la colina. Dicen que para evitar las miradas curiosas del pueblo, el padre de la muchacha cercó el terreno con una alambrada alta de espinos y sembró tomates para que disimulara el líquido rojo viscoso que lo impregnaba todo. La leyenda dice que si estás en el huerto de sangre al anochecer, el fantasma de Verónica se aparece para descuartizarte.

–¡Entra ahí! –Nacho y Jaime me empujan hacia el interior del huerto. Ernesto abre de nuevo su mochila y Hugo saca algo pequeño que no puedo ver. Quizá sea Minie.
–Coge esto ­–me aterro cuando veo una vela negra y una carta arrugada con el símbolo de la muerte, que se vuelven escurridizas en mis manos empapadas por el sudor–, y esto métetelo en la boca –me entrega un medallón del yin y el yang. “Lo más parecido que habrá encontrado”, pienso aterrado.
–¡No! ¡Dejadme salir! ¡Quiero salir! –intento abrirme paso a empujones e insultos, pero me ganan por mayoría y acaban cerrando la cancela conmigo dentro. Nacho se saca un candado del bolsillo de su pantalón, después de cerrarlo para bloquear la verja, arroja el juego de llaves al otro lado del viejo caserón y se marchan. Empiezo a trepar la alambrada dispuesto a escaparme, sin embargo, cuando llego a lo más alto, me corto la palma de la mano con el espino afilado y acabo de vuelta en el suelo, aún dentro del huerto. Los escucho reírse, cada vez más lejos, aunque no los consigo vislumbrar. Ya es de noche.
–¡Socorro! ¡Socorro!
Desde lo alto de la colina no puedo escuchar el bullicio de la plaza del pueblo, solo oigo unas pocas cigarras remanentes del verano. Esta tranquilidad me estremece. Mis ojos tardan un rato en acostumbrarse a la oscuridad, suerte que esta noche hay luna llena y, en seguida, empiezo a distinguir algo del paisaje. Escucho un ruido metálico que viene del otro lado del huerto y pego tan fuerte mi espalda contra la cancela que siento el frío de la valla a través de la camiseta. “Es el viento”, pienso. Pero las enormes tomateras que tengo frente a mí empiezan a adoptar formas terroríficas bajo la tenue luz del cielo. “No es real. No es real”, pienso otra vez y me tapo los ojos con las manos.
–Gonzaaaloooo… –un susurro fantasmagórico me llama.
–¡Ah! ¿Quién eres? ¿Verónica? –tengo el pulso tan acelerado que con un poco de suerte habré muerto de un infarto antes de que me descuartice– No me hagas daño. ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Por favor, que alguien me ayude!
–¡Pero cállate de una vez, tonto! –me ordena la voz ahora más cerca. Un tomate pocho me golpea en la cabeza y el líquido ácido se derrama por mis sienes– Soy Martina.
–Y ¿por qué demonios hablas susurrando? Casi me da un ataque al corazón –sacudo la cabeza para deshacerme del tomate podrido, que cae al suelo haciendo un ruido asqueroso. Se acerca lo suficiente a mí y por fin reconozco sus preciosas facciones. Qué guapa es y cuánto me alegro de verla. Está sonriendo. –Pensé que eras Verónica. Casi me desmayo, te lo juro–. Nos abrazamos durante unos segundos, lo justo para percibir el olor a almendras que desprende su piel y su pelo.
–Estaba siendo precavida. No sabía si seguirían fuera vigilando para que no escaparas.
–Cerraron la puerta con un candado y arrojaron las llaves por ahí. Intenté trepar, pero el alambre de espino es demasiado afilado. Me he cortado la mano.
–Y ¿por qué no has seguido la verja en busca de algún agujero? En el otro extremo hay un boquete por el que podría pasar hasta un perro pastor.
–Estaba demasiado preocupado en no mearme encima del miedo, como para ponerme a dar un paseo por el huerto en mitad de la noche. ¿Sabes que Hugo me ha dado una vela negra, una carta del tarot y un medallón? Querían invocar a Verónica y que me descuartizara aquí mismo.
–Gonzalo, no seas bobo. Lo del huerto de sangre es una leyenda urbana, como muchas otras. Este huerto es de Paco, el dueño de la verdulería.
–Pues yo me he asustado, pero bien.
–No lo entiendo. ¿Por qué crees que Hugo te ha odiado siempre tanto?
–Pues al principio no lo sabía, pero el año pasado en el recreo, cuando me clavó el compás en la pierna, me di cuenta de que la razón eras tú. Creo que le gustas y le molesta que en vez de pasar tu tiempo con él, prefieras pasarlo conmigo.
–Ah…
–Ya sabes, no quiero decir que yo te guste, sino que te gusta pasar tiempo conmigo. A mí tampoco me gustas…
–Ah, ¿no?
–No, no. Sí que me gustas. Es decir...
–A ver, Gonzalo, ¿te gusto o no? –puedo ver su sonrisa traviesa poniéndome a prueba. 
–Ah… Venga, anda, vámonos a casa. Deben de ser más de las diez –me giro rendido y voy hacia el agujero de la reja por donde ella ha entrado.
–Pues, ¿sabes qué? Se me acaba de ocurrir una idea para hacer que Hugo no nos moleste nunca más. ¡Vamos!

Martina golpea la puerta principal de la casa con los nudillos y, a los pocos segundos, Hugo abre en pijama.
–¿Qué haces tú aquí? –encuentra a Martina en la entrada llorando, el labio inferior tembloroso. –No te voy a devolver a tu perra fea, si es eso lo que quie…
–Hugo –lo interrumpe ella–, la policía ha encontrado la ropa de Gonzalo manchada de sangre en el huerto de la colina, pero él no aparece. ¿Qué le has hecho?
–¿Qué? ¡Yo no le he hecho nada!
–Tú y tus amigos os lo llevasteis a rastras. Yo os vi. Déjame que hable con tu madre –ella hace el amago de atravesar la puerta, pero él la para y cierra de un portazo. Martina mira hacia el seto que hay debajo de la ventana abierta de su dormitorio, donde yo estoy escondido y he podido escuchar y ver todo. Me muestra el pulgar erguido, es la señal. Me deslizo de un saltito por la ventana y me escondo detrás de la puerta. De camino a visitar al “virguero”, hemos parado en la casa de Martina. Me ha echado polvos de talco en la cara, lo que me hace parecer pálido como un cadáver, y con un lápiz negro de ojos y sombras del mismo color me ha marcado las ojeras. La verdad es que parezco un muerto.
Escucho unos pasos que se aproximan por el pasillo y la puerta se abre. Es Hugo que cierra tras él, sin mirar a sus espaldas, donde yo me acabo de esconder. Apago las luces y de un fuerte empujón lo tiro sobre la cama, donde se topa con la vela negra, la carta del tarot y el amuleto. Antes de que pueda preguntar quién soy, antes incluso de que empiece a gritar, le susurro con una voz de ultratumba:
–Verónica me envía –solo las farolas de la calle iluminan la oscuridad en el interior de la habitación. Puedo vislumbrar la mirada de terror en sus ojos y cómo un hilillo de baba le gotea por la comisura de la boca, así que imagino que él también puede verme.
Bajo el seto de la ventana está Martina escondida. Se ríe como la niña de la película Poltergeist, lo que hace que incluso a mí se me ponga la piel de gallina. Grita el nombre de Hugo, una y otra vez, de un tono más alto y agudo a otro más bajito y grave.
–No. No. Por favor, no me hagas daño…  Lo siento. Por favor, ¡perdóname! ¡No quiero morir! –lloriquea estremecido como un niño de primaria. Me incorporo y enciendo la luz. Tiene la cara húmeda por las lágrimas, los ojos y los labios irritados por el torrente salado y un charco amarillo empapa las sábanas blancas y el pijama. Saco la cámara que tengo guardada en el bolsillo trasero de mi vaquero y disparo cinco o seis veces, captando la escena para siempre.
–Cómo vuelvas a molestarme a mí o a Martina, imprimiré las fotos y las colgaré por todo el pueblo. ¿Te enteras? –Hugo asiente, ruborizado­– ¿Dónde esta Minie? –señala con el dedo índice aún tembloroso, sin decir nada, y veo a la perrita atada a la pata de la mesa de su escritorio, con las orejas hacia atrás y el rabito entre las patas traseras. La cojo y salgo por la ventana.
Devuelvo a Minie a su dueña, que la coge como si fuera un bebé, apretándola contra su cuello. La perrita le lame las lágrimas de las mejillas y mueve la cola nerviosa de un lado para otro. Martina la deja de vuelta en el suelo y me abraza fuerte, más que cuando Hugo me clavó el compás en la pierna, más incluso que cuando me ha rescatado del huerto de sangre. Más que nunca antes. Estaría así toda la vida, agarrado a su cintura y respirando el perfume de almendras de su coronilla. Se separa lo justo para mirarme los labios con su ojos oscuros como la noche y me besa dulcemente, haciendo que me flojeen las rodillas.
–Tú también me gustas, Gonzalo.

jueves, 12 de julio de 2012

XY


Desde que tengo uso de razón, siempre me han gustado las Barbies. Por las tardes, salía corriendo del colegio para llegar antes a casa y poder, después de merendar, jugar un rato en mi habitación; por lo menos, hasta que mi  madre me obligaba a levantarme para hacer los deberes. De entre las diez o doce muñecas que tenía, la del pelo rubio platino y los ojos azules, Bárbara, que así fue como la bauticé, era mi preferida; imagino que sería porque era todo lo opuesto a mí...





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jueves, 5 de julio de 2012

Caramelo de melón

Hace unos meses, cuando salí de casa para ir a trabajar, olvidé coger mis gafas de sol. Hacía un día soleado estupendo y de ir toda la mañana de aquí para allá, mis ojos que son de un azul muy claro, se enrojecieron. Me picaban mucho y empecé a ver pequeños destellos de luz: como puntitos que se movían en todas direcciones. Se lo conté a mi  madre durante el almuerzo y ella, que siempre se preocupa demasiado, consiguió que el oftalmólogo me diera una cita para esa misma tarde. Yo no quería ir. Desde que tengo uso de razón padezco latrofobia, por eso llevaba años sin visitar la consulta de ni un solo médico. No me gusta el olor de los hospitales y odio las agujas. Sin embargo, mi madre, que es bastante hipocondriaca, me dijo que podía ser un aviso de infarto cerebral. Quizá algún tipo de cáncer. Me pudo más el miedo a la muerte que mi miedo a la medicina...




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jueves, 28 de junio de 2012

Sopla las velas y pide un deseo

Me acuerdo del día en que Serbia declaró la guerra a Bosnia. Ese mismo día cumplí siete años. Para celebrar mis aniversarios, mis padres solían organizarme una merienda con mis compañeros de clase en casa de mis abuelos. Decoraban el porche que daba al jardín con globos y serpentinas de colores y de una de las ramas del olmo viejo que había junto a la piscina colgaban una piñata que no podíamos siquiera mirar hasta después de haber soplado las velas. La tarta siempre era de chocolate, mi favorita, y jamás faltaba la casita de galleta del mismo sabor.
Aquel día durante el almuerzo, mi padre llamó para avisar de que no vendría a comer, le había surgido un imprevisto en la comisaría, y mi madre, a la que yo estaba ayudando a poner la mesa en la cocina, miraba absorta las noticias. El presentador del telediario, un hombre mayor de pelo cano, anunció que Bosnia había entrado en guerra. Los serbios no admitieron la independencia del país vecino y, con el apoyo de Belgrado, sumieron a Bosnia en  un auténtico caos. Las imágenes de personas heridas y de edificios ardiendo a sus espaldas me pusieron la piel de gallina. Mi abuela detestaba que mis padres me dejaran ver el  telediario, decía que no era apto para niños.  Si me hubiera visto allí, plantada delante del televisor viendo el noticiario y temblando por el miedo, le habría dado un bofetón a mi madre. El periodista continuó informando sobre las tropas que España había enviado a Sarajevo para prestar ayuda humanitaria. Decenas de soldados, equipados con mochilas y cargamento pesado, descendían de un avión militar que acababa de aterrizar en la capital.
Creo que ese día fui por primera vez consciente de lo que significaba la guerra y la muerte. Nunca antes me había planteado qué pasaba cuando alguien moría; como cuando falleció mi tía Pepi un año antes, que, a pesar de lo mucho que lloré su pérdida, no supe hasta ese momento lo que implicaba aquella palabra.
No quería separarme del lado de mi madre, pero me obligó a quedarme en mi habitación haciendo las tareas para que ella pudiera seguir trabajando en sus cosas. Recuerdo que no pude concentrarme en los ejercicios de matemáticas que nos había mandado la profesora Maite. Me preguntaba por qué no habría venido mi padre a comer. Unos malos llamados serbios habían iniciado una guerra en la que personas como yo morían de verdad, y no como en las películas, por disparos y bombas. Mi país apoyaba a los buenos, “qué pasaría si también nos atacaran a nosotros. Papá era policía, quizá también lo habían enviado a él a Bosnia”, pensaba yo. Dejó de importarme que fuera mi cumpleaños, de hecho, lo olvidé. Ya no quería soplar las velas, ni comer tarta ni romper la piñata, solo quería que mi padre volviera a casa. A las cinco de la tarde, mi madre entreabrió la puerta de mi habitación para avisarme de que saldríamos en pocos minutos hacia casa de mis abuelos, porque habíamos quedado con mis amigos a las y media, pero al encontrarme con los ojos hinchados y anegados en lágrimas, entró asustada pensando que me había hecho daño con algo. Solía cogerme en brazos para consolarme, pero era tan escandaloso mi llanto entrecortado que se arrodilló en el suelo para quedar a mi altura y comprobar que no me había lastimado. Le expliqué entre más sollozos el motivo de mi desconsuelo y para tranquilizarme me acarició el pelo y me aseguró que papá estaba de camino y que no había ido a ninguna parte. Entonces, escuché el tintineo de las llaves girando en la cerradura de la puerta. Salí corriendo hacia la entrada y me tiré en los brazos fuertes de mi padre, aún gimoteando. Me aupó del suelo y me apretó contra su pecho. “Papá, no te vayas a la guerra”, le imploré. Me acompañó al baño para lavarme la cara. El agua fría me calmó y reconfortó mis párpados inflamados. Me juró muchas veces que no iría a la guerra y que todos los españoles estaríamos seguros porque él cuidaría de nosotros. Le creí.
Cuando llegamos a casa de mis abuelos, todos me esperaban impacientes en el jardín. A un lado del salón, Neli, la perra mastina de la familia, custodiaba la pirámide de regalos que me habían traído mis amigos. Después de cantarme  a coro el cumpleaños feliz, pedí mi deseo y, entonces, soplé las velas para que se cumpliera. Cada seis de abril pido lo mismo. Deseé que mi familia estuviera siempre sana y a mi lado. 

jueves, 21 de junio de 2012

Camino hacia el cielo

Si en lugar de ir esa mañana a la joyería a recoger el dinero que teníamos guardado en la caja fuerte de mi oficina, y que habíamos ahorrado con tanto esmero durante años, le hubiera hecho caso a mi mujer y hubiésemos huido con nuestra familia, mi destino habría sido diferente. Uno se pregunta cómo va a morir y cuándo. Esperas que sea de anciano, mientras duermes, rodeado de tus hijos y nietos que te despiden llorando, pero a la vez tranquilos, porque saben que tu vida ha sido plena y que no has sufrido. Sin embargo, no siempre ocurre lo que uno desea.
Éramos unas mil personas apiñadas en cinco vagones. Veía gente llorando, otros rezando y otros muchos que, aunque estaban de pie, habían fallecido durante el trayecto. Sus cuerpos ya fríos y rígidos se mantenían erguidos; no había hueco posible para que cayeran en el suelo. Era verano y el calor sofocante. Cuando el tren paró, los soldados de la SS abrieron las puertas. Descendimos temerosos, empujándonos los unos a los otros para luchar por ser los últimos en salir. Un olor putrefacto se olía en aquel andén improvisado. Los soldados nos gritaban y golpeaban con látigos para que avanzáramos por el camino que conducía al interior del recinto: un terreno enorme y vallado que olía a matadero. La frase “el trabajo te hace libre” estaba grabada en el arco de la entrada. Pensé que si trabajaba duro, me ganaría mi libertad y podría regresar a los brazos abiertos de mi familia.
Anduvimos en fila hasta un edificio de hormigón que había construido en la cima de una colina. Nos explicaron que era un centro de tránsito en el que íbamos a ser desinfectados antes de recibir ropa limpia. Nos despojaron de los objetos de valor, asegurándonos, sin demasiada convicción, que nos serían devueltos a la salida. Deposité mi reloj y mi colgante de Hamsa en un cubo repleto de pertenencias ajenas. Anillos, cadenas, dinero e incluso dientes de oro manchados de sangre habían dejado de pertenecernos para siempre. Nos obligaron a desvestirnos y tirar nuestras prendas en una hoguera que había cerca de la entrada. El fuego se avivaba con cada trapo que engullían las llamas. Descamisado, volví a percatarme del número de serie que me habían tatuado con tinta negra y, contra mi voluntad, en el antebrazo izquierdo, justo antes de abandonar la estación de Berlín. Los dígitos me recordaron a los hierros distintivos de las ganaderías. Nos habían marcado igual que a animales de granja. Eso éramos para ellos y así es como querían que nos sintiéramos, como bestias, como cerdos.
Unos alaridos ensordecedores me sacaron de mis pensamientos. A lo lejos, seis soldados alemanes se habían subido a los techos de unos barracones y disparaban a bocajarro contra la multitud. Los gritos y llantos se escuchaban por toda la ladera y hombres, mujeres y niños caían sangrando. Intentamos aprovechar el contratiempo y echar a correr, huir de allí lo más lejos posible, pero los nazis empezaron a disparar sus fúsiles contra aquellos que escapaban colina abajo. Caían como venados, agonizando por el dolor y ahogados por la sangre que les brotaba de la garganta. Frenados por el miedo y apuntados al pecho por los rifles, poco a poco, los que quedábamos vivos volvimos a formar la larga cola. Desnudos, con la cabeza gacha y los ojos perdidos en los pies manchados de barro del que teníamos justo delante, decidimos en silencio que era mejor resignarse. Rendirse. No había escapatoria. Los uniformes verdes que nos escoltaban nos guiaron hasta el mismo umbral del edificio oxidado. No sabíamos qué había al otro lado de la puerta y el mismo temor de esa ignorancia nos hacía retorcernos, rompiendo la fila para evitar entrar. Uno de los soldados me golpeó en la frente con la culata de su fusil y me empujó hacia dentro gritando: “¡Bienvenido al camino hacia el cielo, judío!”. La habitación enorme y diáfana alicatada de azulejos blancos impolutos y sin ventanas pronto se llenó con las casi mil personas que habíamos llegado una hora antes en el tren. Cerraron desde fuera la puerta de metal que parecía sacada de un submarino de guerra. De los cabezales fijos de ducha que colgaban del techo, en lugar de agua, un gas verdoso y asfixiante pasó a inundarlo todo. Me picaban los ojos. Dejé de ver. Mis brazos y piernas se quedaban pegados a la piel sudorosa de los que se agitaban con pánico a mi lado. Luchaba por respirar, por sobrevivir. Sin embargo, no había nada en mi mano que pudiera hacer para escapar. El corazón bombeaba sangre tan rápido que sentía que mis sienes explotarían en cualquier momento. Notaba cómo mi tráquea se cerraba e impedía que pasara a mis pulmones más aire contaminado. Tosía con espasmos para expulsar el gas, pero, a cada bocanada que volvía a inhalar, me sentía más cerca de la muerte. Fui perdiendo la conciencia, mis rodillas flojearon y me desvanecí en el suelo frío y húmedo por las secreciones. Poco a poco, los otros cuerpos fueron cayendo sobre mí, pesados, oprimiéndome el tórax y liberando el último aliento que guardaba en mi pecho. Cómo me arrepentí de haber ido a la joyería esa mañana, de no haber huido lejos con mi familia cuando pude. Sin embargo, ese último suspiro me alivió, como una liberación a todo aquel sufrimiento. Uno nunca sabe cómo va a morir, pero, de todos los caminos posibles hacia el cielo, jamás habría pensado que yo acabaría tomando este.

jueves, 14 de junio de 2012

Enfermedades del amor

Aunque siempre lo niego, desde mi primera relación con dieciséis años he sido una mujer muy celosa y posesiva y por eso Antonio, el amor de mi vida, acabó dejándome. Cuando mi ex llegaba por la noche a casa, después de trabajar o jugar al pádel, y se metía en la ducha, yo aprovechaba esos minutos a solas con su móvil para hacer un chequeo rápido de sus mensajes de texto, de voz, sus emails, calendario y agenda. Por supuesto, siempre que encontraba en alguna de estas carpetas un nombre nuevo de mujer que no tenía fichado, esperaba en el salón a que Antonio saliera del baño, roja de celos, el bigote sudado y los puños apretados y pegados a lo largo de mi cuerpo...





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jueves, 7 de junio de 2012

Créeme si te digo que te quiero


–Te he dicho mil veces que te quiero y sigues sin creerme.
–Claro, qué fácil es decir esas dos palabras, pero qué difícil creérselas si la persona de la que vienen no te lo demuestra –le recriminé y crucé los brazos por delante de mi pecho.
–¡Te quiero! ¿Qué puedo hacer para que me creas? Haré lo que me pidas. Lo que sea.
–Yo no tengo que decirte lo que tienes que hacer. Si me quisieras, sabrías exactamente lo que tienes que hacer. ¿Te das cuenta? ­–le pregunté con los ojos vidriosos– Estás encabezonado con que me quieres pero, en realidad, no me quieres. Por eso me pides a mí que te diga lo que hacer. Para empezar, ¡no olvidarte de nuestro primer aniversario!
Me di media vuelta para marcharme del parque en el que habíamos pasado toda la tarde discutiendo de lo mismo y, cuando apenas me había alejado unos pasos, Raúl me alcanzó por detrás, me cogió de la muñeca y tiró de mí.
–Por favor, déjame que te lo demuestre –me imploró, aún con mi brazo entre su mano–. Mañana te recogeré de tu casa a las diez de la mañana y te demostraré lo mucho que te quiero. Te lo prometo.
A las diez menos dos minutos, apareció por la esquina de mi calle el coche de Raúl. Frenó a mi altura, se apeó y corrió hacia la acera para darme un beso en la mejilla y entregarme un pequeño ramo de margaritas que había comprado en una floristería. Luego, me abrió la puerta del coche.
Pasamos todo el sábado de un lado para otro, siguiendo el itinerario que Raúl había preparado el día anterior. La primera sorpresa fue un desayuno de lujo en el Ritz, un hotel de cinco estrellas en pleno corazón de Madrid. El buffet ocupaba dos hileras de mesas largas en el centro del restaurante. La decoración era sublime; unas flores por aquí, unas velas por allá y comida por todos lados. Nos cogimos unas napolitanas de chocolate recién hechas, croissants rellenos de crema, pan de centeno tostado para mojar con un aceite especial de Sevilla, zumo de naranja, té verde y un café con leche. Comíamos despacio, intercalando bocados y sorbos con palabras y gestos.  
La segunda parada fue en el planetario. Raúl compró las entradas con la visita guiada incluida. Durante casi tres horas, observamos todo lo que el humano ha ido descubriendo del cosmos a lo largo de la historia. Mi parte preferida fue el planetario óptico, donde un conjunto de proyectores representaba con realismo una noche estrellada. Sentados en la oscuridad de la sala abovedada y con la mirada puesta sobre aquel cielo falso, Raúl me cogió de la mano, que no soltó hasta que las luces volvieron a iluminar la enorme cúpula.
Nada más salir del planetario, cogimos carretera hasta llegar a nuestro siguiente destino: Arroyomolinos. Nos paramos a comer en una venta muy conocida que se encontraba en el mismo pueblo. Casi todos los ingredientes que componían el menú provenían de la huerta que había en la parte trasera del edificio: lechugas, cebollas frescas, coles, zanahorias… Todo tenía un sabor exquisito, nada que ver con las verduras que yo compraba en el supermercado. Durante el almuerzo, cada vez que yo hablaba, que fue casi todo el tiempo, Raúl me miraba a los ojos sin pestañear, con una media sonrisa dibujada en su cara.
Después de comer nos dirigimos apresurados al minigolf cubierto que había a cinco minutos de la venta. Había que seguir con puntualidad rigurosa las horas que marcaban nuestro recorrido. De niña, solía ir allí con mis padres y mi hermana los fines de semana. Conseguí meter los dieciocho hoyos; más de la mitad, al primer intento. Raúl no tuvo tanta suerte, aunque en ningún momento perdió la paciencia ni la sonrisa. En cada green, me ponía detrás de él para enseñarle a coger el putter a dos manos, pero él golpeaba la bola con torpeza, mandándola siempre al otro lado del agujero.
 Casi tres horas después, Raúl conducía veloz por la autovía de vuelta a la capital. Aparcamos donde pudimos, cerca del centro, y entramos en el teatro corriendo, cogidos de la mano. Todos los palcos estaban abarrotados de familias con niños y parejas jóvenes como nosotros. Era la primera vez en mi vida que iba a un musical. Me encantó. Jamás me hubiese imaginado que volvería a llorar al ver La Bella y la Bestia a mis casi veinte años.
Hambrientos, nos fuimos a tapear a una taberna andaluza que había abierto hacía una semana al lado de mi casa. Durante la hora y media que estuvimos cenando, no paré de hablar sobre lo bien que lo había pasado. Rememoré en voz alta las napolitanas de chocolate del Ritz, la imagen de las Perseidas proyectadas en la cúpula del planetario, las verduras frescas de la venta, el torneo de minigolf que acabé ganando y las lágrimas que derramé por el musical de Disney. 
–¿Me crees ahora? –me preguntó al despedirse en la puerta de mi casa.                      
–He desayunado en un hotel de lujo, he visto una lluvia de estrellas, he almorzado alimentos ecológicos del huerto de un restaurante, he ganado al minigolf y he llorado como una cría en el teatro, y todo esto, en el mismo día. ¡Ha sido el mejor aniversario del mundo! –exclamé abrazándole por el cuello. Las margaritas algo marchitas que tenía en la mano se agitaron por encima de su cabeza.                                                                                                           
–Te quiero –me volvió a confesar una vez más, con los ojos fijos en mi boca.                    
–Lo sé –cogió mi cara entre sus manos y me besó con dulzura en los labios.